El 7 de Mayo de 1993 el estadio de River Plate se sacudió como nunca antes cuando Metallica subió al escenario. Al llegar al estadio me encontré con Norberto "el ruso" Verea y el Mariscal Romero, ambos ataviados con la correspondiente remera de la banda. Estábamos todos súper ansiosos, porque sabíamos que lo que íbamos a ver era histórico. Recuerdo que me tocó en suerte estar en el "snake-pit", junto a Gustavo Lutteral. El show fué arrasador, al palo, sin descanso, sin frenos, ni trucos. Sólo metal. Y que te la saque el dentista. Jamás había escuchado una banda de metal con un sonido tan sólido, y tan cuidado. Estaba todo al mango, pero se escuchaban hasta los arreglos más sutiles.
Antes del show, parte de la banda (sin James Hetfield) brindó una conferencia de prensa en el piso 24 del hotel Sheraton. Me tocó el enorme privilegio de traducirla para unos 150 medios que se agolparon en la sala. Hasta aquí, todo tranquilo. Pero cuando la conferencia de prensa terminó y la banda amagó a levantarse para salir de la sala, ocurrió lo que se ve en la foto. TODOS los periodistas allí presentes (menos el ruso Verea, la foto es testigo), esos que son tan duros y "profesionales" cuando destrozan a todas las bandas que se les cruzan; y que viven en pose de grandes, duros y omnipotentes periodistas de rock, hicieron un papelón digno de las groupies de Ricky Martin: se levantaron y se fueron encima de la banda para que les firmaran un papelito, una remera, una tapa de disco... un horror. Claro ejemplo de ecuanimidad e imparcialidad del periodismo de la iglesia del rock en Argentina.
De todos modos, fue una experiencia inolvidable.





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